BIENVENIDOS A LA SIGUIENTE GUERRA MUNDIAL

Las guerras estallan cuando lo latente se manifiesta. Dentro de poco comenzará otra, pero no la veremos venir. Y no la veremos venir porque lo latente, por definición, describe algo que está oculto, que se mantiene a la espera de entrar en funcionamiento o que, en apariencia se encuentra inactivo.

Los humanos tenemos una tendencia natural hacia la inhibición latente. Es normal. La vida sería insoportable si fuéramos capaces de captar cada detalle de la realidad, porque nuestro cerebro estaría condenado a trabajar bajo una presión abrumadora.

Por eso, las personas con una mayor habilidad para desenmascarar ciertas latencias son tachadas por la sociedad como obsesivas, desquiciadas y perturbadoras. Y eso es así porque nos negamos a aceptar que vivimos permanentemente sobre una fisura a punto de resquebrajarse.

Y aunque la incertidumbre sea el ecosistema por el que nos toca deambular, lo cierto es que llevamos los suficientes siglos de historia como para poder preverlos con cierta antelación. En algunas disciplinas, como la física, la geología o la meteorología, hemos avanzado bastante. Sin embargo, nos cuesta mucho más adelantarnos a los acontecimientos en los casos en los que el objeto de estudio somos nosotros mismos.

Y la razón es precisamente esa: que el objeto de estudio somos nosotros mismos. Y nos resulta imposible asumir nuestra desmesurada capacidad destructiva ante la eclosión de una latencia.


Tras el holocausto de la primera guerra mundial, los felices años 20 encubrieron el conflicto subyacente que nos llevó a la segunda. Y eso que Nietzsche ya nos lo advirtió: «La guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido». Más tarde, nadie fue capaz de augurar que las tensiones entre los serbios por un lado y los croatas, bosnios y albaneses por otro terminara en la masacre de los Balcanes.

Lo curioso es que en todos los casos se dan unas pautas similares. Tras un período de esplendor y convivencia entre diferentes razas, culturas, religiones o linajes (en la Alejandría clásica, en el Toledo medieval…), las tensiones latentes comienzan a crecer de nuevo hasta desbordarse.


Es como una maldición. El confort nos lleva al conflicto. Pareciera que Kant tuviera razón cuando dijo aquello de que «el estado natural del hombre no es la paz, sino la guerra».

No es así, pero lo cierto es que tras la latencia que incita a cualquier conflicto bélico, siempre existen dos grupos antagónicos: los que lo advierten y los que lo promueven.

Los primeros suelen ser tachados de alarmistas, cobardes o traidores. Los segundos, en cambio, acostumbran a manejar con eficaz cinismo los elementos más manipulables de la condición humana: el miedo, el racismo, la arrogancia, el banalismo… Para ellos la guerra es una victoria en sí misma. La razón: tienen mucho que ganar y poco que perder.

El escritor francés Paul Ambroise Valéry ya lo explicó a principios del pasado siglo: «La guerra es una masacre entre gente que no se conoce para provecho de gente que sí se conoce, pero que no se masacra».


En muchos países de Europa existen ahora, por primera vez en la historia, varias generaciones que no han conocido la guerra. Todo un triunfo. Pero, paradójicamente, eso significa también que desconocen el inmenso horror que ese tipo de enfrentamiento conlleva y debido a ello se encuentran mucho más indefensas ante las arengas de los villanos.


Por eso, otra guerra es posible. No será como las anteriores (ninguna lo es). No veremos a los aviones alemanes bombardear Londres, pero tal vez asistamos a un conflicto tecnológico en el que los ataques informáticos arrasen los servicios básicos de muchas naciones y, con ello, el bienestar de sus habitantes. El horror, la miseria y la devastación regresarán de nuevo a nuestras vidas y una vez más nos preguntaremos cómo ha sido posible si nadie lo deseaba.


Pero así están las cosas. Y lo peor de todo es que, a estas alturas, hablar de ello, advertirlo, está considerado ya por muchos algo propio de derrotistas, melifluos, equidistantes y antipatriotas.


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